Autocuidado y Mindfulness

¿Cuándo fue la última vez que empezaste el día escuchándote?

June 22, 20267 min read

Hay mañanas que empiezan antes de que nosotras estemos listas.

Abres los ojos y, casi sin darte cuenta, ya estás pensando en lo que falta, en lo que urge, en el mensaje que no contestaste, en la junta, en el pendiente, en la ropa, en la comida, en la persona que necesita algo de ti.

A veces ni siquiera hemos puesto los pies en el piso y por dentro ya vamos corriendo.

Y entonces el día empieza hacia afuera.

Hacia el celular.
Hacia las obligaciones.
Hacia las expectativas.
Hacia todo eso que parece pedirnos presencia antes de que nosotras mismas nos hayamos dado los buenos días.

Pero dime algo, con calma:

¿Cuándo fue la última vez que empezaste el día escuchándote?

No me refiero a hacer una rutina perfecta de mañana.
Ni a levantarte a las cinco, meditar media hora, escribir tres páginas y tomar agua con limón mientras el mundo todavía duerme.

No.

Me refiero a algo más pequeño. Más humano. Más posible.

A ese momento en el que, antes de entrarle al ruido del día, te preguntas:

¿Cómo amanecí hoy?

Y te quedas ahí tantito. Sin corregirte. Sin exigirte. Sin querer cambiar la respuesta de inmediato.

Porque a veces amanecemos bien.
A veces amanecemos cansadas.
A veces amanecemos sensibles, raras, apagadas, llenas de pensamientos.
A veces amanecemos con una tristeza chiquita sentada en la orilla de la cama.
Y a veces no sabemos cómo amanecimos, porque llevamos tanto tiempo funcionando en automático que ya ni nos preguntamos.

La mañana como primer encuentro contigo

La mañana tiene algo muy íntimo.

Es como una puerta entre lo que soñamos, lo que cargamos y lo que nos espera.

Y aunque muchas veces la vivimos de prisa, también puede ser un pequeño lugar de encuentro. No un lugar perfecto, no un altar impecable, no una escena bonita de revista. Solo un espacio sencillo donde puedas volver a ti antes de salir al mundo.

Escucharte en la mañana puede ser tan simple como notar si tu cuerpo se siente pesado.
Si tu corazón trae ruido.
Si tienes ganas de hablar o de guardar silencio.
Si necesitas avanzar con energía o con más ternura.

A veces creemos que escucharnos tiene que traer una gran revelación. Como si de pronto fuéramos a entender toda nuestra vida mientras se calienta el café.

Pero no siempre pasa así.

A veces escucharte es apenas reconocer:

“Hoy me cuesta.”
“Hoy necesito ir despacio.”
“Hoy no quiero exigirme tanto.”
“Hoy necesito acompañarme mejor.”

Y eso también cuenta.

De hecho, quizá eso es lo que más cuenta.

Porque no se trata de resolverte en cinco minutos. Se trata de no abandonarte desde temprano.

Cuando el día empieza en automático

Hay días en los que despertamos y lo primero que hacemos es revisar el celular.

Un mensaje.
Una notificación.
Una noticia.
Un correo.
Una comparación.
Una urgencia que ni siquiera era nuestra, pero ya se metió a la cama con nosotras.

Y así, poquito a poquito, nuestra voz se queda al final de la fila.

Primero lo de todos.
Primero lo pendiente.
Primero lo que “tengo que hacer”.
Primero lo que se espera de mí.

¿Y tú?

Tú ahí, esperando a que haya tiempo.

Pero a veces no estamos cansadas solo por todo lo que hacemos. También nos cansa no escucharnos mientras lo hacemos.

Nos cansa pasar por encima de lo que sentimos.
Nos cansa decir “sí puedo” cuando por dentro algo pide pausa.
Nos cansa llenar la agenda y dejar vacío el espacio donde podríamos preguntarnos qué necesitamos.

Y no, no siempre podemos detenerlo todo.

La vida real no siempre da chance de mañanas lentas, desayunos tranquilos o silencio absoluto.

Pero quizá sí podemos encontrar un minuto.
Un sorbo.
Una respiración.
Una pregunta honesta antes de empezar a responderle al mundo.

Escucharte no siempre es cómodo

Hay que decirlo también: escucharte no siempre se siente bonito.

A veces, cuando por fin haces silencio, aparece algo que venías evitando.

Una incomodidad.
Una preocupación.
Un cansancio que ya estaba ahí.
Una verdad que no querías mirar tan temprano.

Y por eso muchas veces preferimos distraernos rápido. Agarrar el celular. Poner música. Contestar mensajes. Hacer cualquier cosa antes de quedarnos a solas con lo que sentimos.

Pero escucharte no significa quedarte atrapada ahí.

Significa darte cuenta de lo que está pasando dentro de ti, para no caminar todo el día como si nada.

Porque lo que no escuchamos no desaparece. A veces solo se acomoda en el cuerpo, en el humor, en la forma en que contestamos, en la manera en que nos exigimos.

Escucharte puede ser una forma de decirte:

“Te veo.”
“Sé que algo pasa.”
“No tengo todas las respuestas, pero no te voy a dejar sola con esto.”

Y qué alivio tan grande cuando una aprende a hablarse así.

Como quien se sirve un cafecito caliente en una mañana nublada.
Como quien se pone una cobijita en los hombros.
Como quien se acompaña sin hacer tanto escándalo.

Pequeñas formas de empezar contigo

Tal vez no necesitas cambiar toda tu mañana.

Tal vez no necesitas una rutina nueva, ni una libreta perfecta, ni una hora disponible que ahora mismo no existe.

Tal vez solo necesitas un gesto.

Tomarte los primeros sorbos de café sin el celular en la mano.

Sentarte en la cama unos segundos antes de levantarte y preguntarte:
“¿Cómo estoy llegando a este día?”

Respirar antes de abrir los mensajes.

Escribir una frase, aunque sea desordenada, aunque no suene profunda, aunque solo diga:
“Hoy amanecí cansada.”

Mirarte al espejo sin buscar defectos, solo reconociendo que ahí estás. Que sigues aquí. Que también necesitas cuidado.

Elegir una intención suave para el día, no como obligación, sino como compañía:

“Hoy voy a hablarme más bonito.”
“Hoy voy a hacer una cosa a la vez.”
“Hoy voy a descansar cuando pueda, sin sentir culpa.”
“Hoy voy a escuchar lo que mi cuerpo intenta decirme.”

Son gestos pequeños, sí.

Pero a veces lo pequeño es lo que nos salva de perdernos por completo.

Algunas preguntas para volver a ti

Puedes probar con una sola. No todas. No como tarea. No como examen.

Solo una pregunta, dicha con cariño, como quien toca la puerta despacito:

¿Qué necesito hoy que no he querido admitir?

¿Qué emoción amaneció conmigo?

¿Qué puedo hacer más despacio hoy?

¿Qué parte de mí necesita compañía?

¿Qué sería amable conmigo en este día?

Quizá la respuesta llegue rápido.
Quizá no llegue.
Quizá solo sientas un nudo, una pausa, una respiración más profunda.

También eso es escuchar.

No todo lo importante llega en forma de frase clara. A veces llega como sensación. Como cansancio. Como ganas de llorar. Como deseo de silencio. Como necesidad de volver a algo simple.

Y está bien.

No tienes que convertir cada emoción en una explicación. A veces basta con reconocerla y hacerle un lugarcito.

Antes de abrirle la puerta al mundo

El mundo va a seguir tocando la puerta.

Los pendientes van a estar ahí.
Los mensajes también.
Las responsabilidades, las prisas, las decisiones, la vida con su ruido de siempre.

Pero antes de abrirle la puerta a todo eso, tal vez puedes sentarte un momento contigo.

No para arreglarte.
No para exigirte una mejor versión.
No para convertir la mañana en otro proyecto más.

Solo para escucharte.

Para saber desde dónde estás empezando.
Para no tratarte igual todos los días, como si todos los días amanecieras igual.
Para recordar que tú también mereces presencia, no solo los demás.

Porque escucharte no es egoísmo.

Es una forma de acompañarte.

Y quizá eso cambia algo. No todo, no de golpe, no mágicamente. Pero sí algo.

Cambia la manera en que entras al día.
Cambia el tono con el que te hablas.
Cambia la prisa con la que te empujas.
Cambia ese pequeño espacio entre lo que sientes y lo que haces con eso.

Así que mañana, antes del ruido, antes del celular, antes de correr hacia todo lo que te espera, quédate un momento.

Pregúntate bajito:

¿Cómo amanecí hoy?

Y escucha.

Aunque sea poquito.
Aunque sea incómodo.
Aunque no haya respuestas grandes.

A veces el día cambia cuando empiezas escuchando la voz que más has dejado esperando: la tuya.


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